No hay relación social El lugar de lo real en la cultura

, par Alberto Fernández

Leer la traducción en francés de Julia Azaretto

El conocido aforismo lacaniano “no hay relación sexual”, más allá de su inspiración en la teoría de conjuntos, significa la imposibilidad de construir una fórmula que regule la relación sexual que no existe la clave para posicionarse correctamente entre los sexuados. Propongo como título “no hay relación social” para plantear desde el inicio que a causa de lo real tampoco existe una legalidad suficiente para ordenar armónicamente las relaciones sociales, que lo simbólico siempre será insuficiente para regular correctamente tanto la relación sexuada como la vida social, que no hay palabra ni cálculo que alcance a ordenar, sin resto, dichas relaciones. “Inevitable” es el término de Freud, “imposible” el que utilizará Lacan para subrayar la irreductible brecha de una complementariedad fallida entre los sexos por un lado y lo que se cruza en el camino de una confortable marcha en la vida social, por otro.

Trataré de situar, entonces, el lugar de lo real en el malestar cultural como causa de la no relación social para posteriormente mencionar algunos alcances y límites del discurso psicoanalítico ante el malestar de la civilización. Entiendo por real de la cultura a la categoría de inevitable empleada por Freud respecto a su hipótesis sobre las tres fuentes de sufrimiento de la humanidad : la hiperpotencia dela naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las leyes para regular las relaciones armónicas del hombre en sociedad. La problemática de las dos primeras fuentes indican casi directamente lo real como escollo que no cesa de repetirse tanto en la desmesura indomesticable de los fenómenos de la naturaleza, como en la enigmática permanencia de algunas enfermedades aún sin cura. A diferencia de la furia y el orden autónomo de la naturaleza y del cuerpo, lo incontrolable del sufrimiento proveniente del lazo social no luce tan evidente debido a cierto imaginario que sostiene que los humanos deberíamos llevarnos bien en sociedad, sin pobreza, sin discriminación, ni desigualdad [1].

Quizás por este imaginario, en 1930 Freud cuestionaba enfáticamente : ¿cómo es posible que las normas que nosotros mismos hemos creado no nos protejan y nos beneficien a todos ? expresión que afirma más de lo que interroga y pone en juego al mismo tiempo impotencia e imposibilidad. Encuentro un eje de estructura en dicha reflexión y si menciono el año es para ilustrar que la interrogación también habría sido pertinente tanto en el siglo de Pericles como en el del Renacimiento, o en el siglo de las luces y también en este siglo de pleno maridaje entre la ciencia y el capital. Por otra parte, señalemos que el planteo freudiano sobre esta fuente de sufrimiento involucra en su centro y horizonte al discurso psicoanalítico con lo social en la medida que intenta dar cuenta de la agresión que compromete al sujeto y al Otro.

Respecto de esta apasionada agresividad entre los humanos, encontraremos legítimos antecedentes en la filosofía, la literatura, el teatro y el arte en general. Sin ser superador, ni pretenderlo, la propuesta diferencial del discurso psicoanalítico se sumó de la mano de la tesis que explica la desarmonía social por la existencia de algo invencible proveniente de nuestra constitución psíquica, básicamente : el sujeto dividido y la agresión hacia sí mismo y contra los otros. Estas son las razones de fondo que tiene el psicoanálisis para dar cuenta de la impotencia de distintas configuraciones culturales y políticas que tuvieron y tienen la expectativa de alcanzar un comprensible bienestar. Desde su campo, entonces, el psicoanálisis introduce una concepción del sujeto capaz de dar cuenta de lo inmundo del mundo y es por ese motivo que distintas disciplinas recurren a su discurso para pensar el malestar social. Como ocurrió con Einstein, para citar un ejemplo emblemático, quien intuía bien que Freud podía aportar comprensión sobre el horror de la guerra. En efecto, la carta que le envió al premio Nobel de física para explicar la causa de la guerra puede tomarse como modelo de respuesta del discurso psicoanalítico ante el enigma de las guerras de cualquier época en la medida que sitúa ese algo ineludible, lugar de lo real.

Ahora bien, habitualmente satisfecho de sí mismo, cierto optimismo suele cuestionar la resignación al cambio y el inmovilismo de toda posición escéptica que sostenga como inmodificable la falla que descompleta la perfección a la que estaría destinado el ser humano. Pero el psicoanálisis no considera incompatibles la categoría de lo imposible con el intento de estar mejor, de esta manera no solo se diferencia de la ingenuidad optimista sino también del pesimismo absoluto al modo de Schopenhauer para quien ni la razón, ni la experiencia, ni el progreso, ni nada, salvo la muerte, podría cambiar en el humano su condición sufriente.

A partir de la convicción de imposibilidad de reducir a cero la pulsión de muerte, la esperanza en la fuerza de la razón y la apuesta al dualismo pulsional son los dos pilares en los que el fundador del psicoanálisis propone el contrapeso a Tánatos para hacer más tolerable la irrupción de lo real. Aunque el lugar de la razón después del acontecimiento Freud ya no sería el mismo, como hijo de la modernidad confiaba en la ciencia y en una sociedad en que las pulsiones se regulen por la “dictadura de la razón”, ideal que reconocía como su utopía situándola en el horizonte de los tiempos. Respecto del dualismo pulsional, su importancia toma relieve a partir del funcionamiento de Eros para desviar, diferir y por lo tanto balancear el infinito dinamismo de Tánatos. Siendo ambas pulsiones necesarias, a cuenta de lo que no anda ubico lo imposible del lado de la pulsión de muerte y lo posible del lado de Eros a través del amor, el trabajo y la estética para tratar de hacer la vida más sustentable.

¿Qué respuesta tiene el discurso psicoanalítico, algunos de sus alcances y límites, ante lo inevitable del malestar en la cultura ? Comenzando por Freud, digamos que a pesar de la esperanza en su descubrimiento y el empuje de los vientos de la ilustración no pensaba que el psicoanálisis fuera un discurso dominante, algo propio de las cosmovisiones. Más modestamente, pensaba que el alcance del psicoanálisis consiste en alertar, descubrir los puntos débiles del sistema y dejar más lugar a la verdad y la crítica. Ciertamente no son ideas espectaculares ni capaces de cambiar sistemas sociales por sí mismas, pero no es menos cierto que se trata de herramientas imprescindibles a la hora de cuestionar el discurso del amo cuya finalidad consiste en que las cosas marchen según su lógica.

En cuanto a Lacan, en distintos momentos de su enseñanza se refirió a la situación del psicoanálisis con relación a la época, especialmente en los tiempos del agitado mayo francés del 68 y parte de la década del 70. Por ese entonces era evidente que su debate no era el de Freud puesto que ya no se trataba de esclarecer los prejuicios contra el psicoanálisis ni explicar las resistencias que generaba su descubrimiento. Tampoco sus tres (Real, Simbólico e Imaginario) serían los de Freud como lo afirmó en la reunión de Caracas ante los Lacanoamericanos que estábamos allí. A mi modo de ver, el hecho de habitar el siglo XX tardío y su trabajo sobre la relación del psicoanálisis con la religión, la ciencia y el discurso capitalista hicieron más escéptica su posición. Calificó al psicoanálisis como un “recién llegado” comparado con el discurso del Amo y el Universitario, habida cuenta del hecho que gobernar y educar existieron desde siempre, pero de todos modos le atribuyó la posibilidad de arrojar una suerte de luz indirecta sobre esos discursos y, a causa de su escasa tradición, por ser relativamente nuevo, la apuesta consiste en redescubrirlo. Comparado con la religión lo consideró como “todavía inadecuado”, si la opción fuese “o uno o la otra”, el destino del psicoanálisis sería a lo sumo, sobrevivir. Enfrentamiento desigual sin duda, porque la religión es capaz de darle sentido a todo y se sostendrá en la medida que el sentido forma parte estructural de la condición humana. La religión suele encubrir lo que no anda, efecto de distracción subjetiva sobre el propio malestar que reencontraremos en las consecuencias del discurso capitalista.

Como Freud, Lacan tampoco creía que el discurso psicoanalítico tenga un lugar prevalente entre los discursos ni detente una clave para el futuro. Lejos de las revoluciones, más bien le otorgaba al psicoanálisis estatuto de síntoma en la medida que vino a cuestionar al individuo moderno instalado ingenuamente en un clima de progreso continuo e infinito. También – como todo síntoma – remite a lo real porque sitúa al inconsciente como ese lugar de resto irreductible del que la ciencia aún no se deshace.

¿Qué hará la civilización, entonces, con este síntoma ? Lacan presagió que se curará a la humanidad del psicoanálisis. Cuestión probable, pero nada fácil de lograr en la medida que el centro de su ética siga dependiendo de lo real, es decir, que se ocupe de lo que no anda, de lo que no cesa de repetirse a través del síntoma. Si bien este tratamiento individual de lo real a través de lo simbólico-imaginario es insuficiente para modificar el campo social, no obstante tiene el mérito de sostener la posición que tan precisamente nombra la frase “no retroceder ante...” Nuestra época es la de no retroceder ante el discurso capitalista que funciona sin regulación entre el saber y la producción de mercancía y plusvalía en abundancia, un sistema sin freno para el exceso de goce del mercado que marcha en continuado alimentando la ilusión que todo es alcanzable, que nothing is imposible. La distracción del sujeto causada por esta ilusión imbatible sumada a la promesa de acumulación ilimitada escriben en la fórmula del discurso capitalista el rechazo del S1 en el lugar de la verdad que dificulta al sujeto interrogarse sobre lo que lo inhibe, angustia y por la singularidad de su deseo. Este elemento es, a mi criterio, el obstáculo mayor para el lugar del psicoanálisis en esta época de capitalismo salvaje.

Habida cuenta que este sistema construyó un imaginario colectivo de perdurabilidad natural, me resultó especialmente enigmático que Lacan, después de reconocer la astucia del capitalismo y mostrar su circularidad sin corte, afirmara de todos modos que “está destinado a pincharse” ¿por qué dejaría de rodar el discurso capitalista si probó ser tan lúcido para emparcharse a través de diferentes crisis y mostrar su primacía respecto de otros modelos alternativos ? Más allá del esbozo de respuesta que Lacan deduce de la lógica de su funcionamiento, leo la predicción de pinchadura como una inscripción que perfora un tejido consistente, como un agujero que descompleta un sistema que imaginariza un todo eterno [2].

El psicoanálisis reconoce e integra lo inevitable del malestar en la cultura. Sus herramientas y los principios de su poder que lo hacen eficaz en su campo son las palabras y la singularidad del caso por caso, por lo tanto otra cosa es su alcance para generar directamente modificaciones sobre lo jurídico-económico-político, objetivo que el psicoanálisis no se propone. Cambios que, hay que decirlo, tampoco lo logran otros discursos e instituciones por carecer de la fuerza bélica-política necesaria o porque sus propuestas terminan siendo absorbidas por la lógica de funcionamiento del discurso capitalista.

Entiendo que las consecuencias sobre una sociedad que incluya la experiencia individual del inconsciente y el discurso psicoanalítico con una lectura precisa del parlêtre, pasan a través del desvío o diferimiento de la fuerza de la pulsión de muerte y por la vía de generar más espacio a la verdad y la crítica. Luces indirectas pero capaces de alumbrar y aclarar otros discursos para intentar hacer algo con lo imposible.

Alberto Fernández
Octubre 2015

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Référence pour citer l'article : Alberto Fernández, « No hay relación social », L'Airétiq [en ligne] (13 janvier 2017), http://www.lairetiq.fr/No-hay-relacion-social (page consultée le 19 octobre 2017)

Notes

[1La irónica frase de George Orwell en Rebelión en la granja desnuda rápidamente la comprensible ilusión : “somos todos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”.

[2Me apoyo en los poetas, otra vez, porque bordean lo indecible de un modo más bello y sencillo, ahora Mercedes Sosa : “Cambia, todo cambia, lo que cambió ayer tendrá que cambiar mañana.”